A finales de la primavera, al pasear por zonas verdes, puede ocurrir cruzarse con ciervos o corzos jóvenes que permanecen inmóviles entre la hierba alta, aparentemente solos. Es una escena tierna, pero puede inducir a error. Estos animales no están abandonados: sus madres sólo salen a buscar comida, dejándolos ocultos y protegidos por la vegetación, su pelaje moteado y la falta de olor. Intervenir, aunque sólo sea para acariciarlos o trasladarlos a un lugar supuestamente seguro, puede romper este delicado equilibrio. El contacto humano deja un olor que puede alarmar a la madre e incitarla a abandonar definitivamente al bebé. Es un gesto que puede parecer afectuoso, pero equivale a una condena.
Fecha de publicación: 16/05/2025